Clayman llegó en 2000, tras el éxito de Colony (1999) y con la escena de Gotemburgo en pleno auge. Fue el primer disco de In Flames con Daniel Svensson a la batería, y también el primero en el que Fridén usó con claridad una voz más rasposa y menos gutural, un adelanto del camino más accesible que seguiría la banda. Se considera el punto de equilibrio entre su etapa melódica y agresiva y el sonido más moderno que vendría después.
Clayman fue bien recibido por la prensa especializada y por los fans, que lo vieron como un refinamiento de la fórmula de Colony. Se destacó la producción pulida y potente, la riqueza de las armonías de guitarra de Strömblad y Gelotte, y una colección de temas más directos y compactos, con estribillos memorables como "Bullet Ride" y "Only for the Weak". Para muchos fue el disco que consolidó a In Flames como cabeza de cartel del death metal melódico sueco, con un alcance que superaba al del metal extremo más tradicional. Su acogida comercial fue sólida, sobre todo en Europa, y abrió la puerta a un público más amplio.
Con el tiempo se le considera uno de los grandes discos de la banda y del género, aunque con matices. Los puristas de la etapa de The Jester Race y Whoracle lo ven como el inicio del giro hacia la simplificación y el sonido más cercano al metal moderno. Quienes lo defienden valoran que mantiene la melodía, la energía y la agresividad sin caer aún en el groove metal y el alt-metal que marcarían los trabajos posteriores. Hoy suele citarse como el último gran disco de la etapa clásica o como el puente perfecto hacia la siguiente, según el punto de vista.